viernes, 15 de abril de 2022

Amor y muerte en tiempos de contagio.

 

Foto por Julio Bravo.


Más de un cuerpo muere en la novela

Julio Bravo 



Una tempestad de prosa contundente; una lluvia oscura novelada. Guarda el ritmo y gota a gota de la letra en letra con la que deleite histórico, la escritora, nos introduce al París de la Edad Media por un trueno suscitado en la catástrofe. Es un tirón en las entrañas del estómago del alma, es negrura y es dolor; es podredumbre que respira quien se sospechaba sano. Un llamado para repensar el mundo y la humanidad desde los tiempos de contagio. Un vislumbre anímico para saber quiénes somos nosotros: la mujer, el hombre, los animales y nuestro hábitat; nuestros conceptos, nuestra violencia, nuestra injusticia y el socarrón defecto de olvidar las buenas causas. Novela que es la herida, es agonía ajena que también es mutua, que así a todos nos sangra. Hazaña enorme consigue Verónica Murguía con El cuarto jinete.

Foto por Julio Bravo.



Nunca se halla tregua para lector; todo se derrumba en el origen y propagación de la plaga. Todo muere y se confronta con la ignorancia, contra los huecos negros de la mirada de la extinción. Todo se pudre y comienza la soledad desértica, la amputación de los viajantes en las calles; los cuervos toman como picaderos de ojos pestíferos aquellos comederos en lo que se han convertido las plazas. Los conventos, los hogares del pobre; y hasta las alas pomposas del castillo del rey fallece el infectado. Inicia el confinamiento; encierro en las casas, encierro en la mentalidad moral, ética, religiosa y cultural con la que cada parisino experimentó en sociedad esa rapaz e inexorable peste bubónica; de una plaga que enferma, plaga que agazapa y contamina la salud, que hace padecer. El desfile de personajes es intenso; entes novelados inhalando el hedor de la muerte, personajes que incluso con vapores mortíferos emanados por grietas en la tierra, ninguno, jamás se rinden. El clamor con el que cada uno se expresa, opera en orquesta un mecanismo pictórico por el cual la historia abre paso a Pedro de Hispania y el aprendiz Guy de Cummings, ellos dos, como columna vertebral de la novela; aquellos dos como la carga dramática que los entregará a ser los cuidadores de los apestados; con aquel pañuelo humedecido en vinagre cubriendo la boca; espantando con vinagre el asco y la repulsión en continua colisión de vómito.
       El arribo incrédulo: la tienta a ciegas de las mentes en los albores científicos de los campos de la medicina medieval, para auxiliar siquiera, con un poco de conmiseración al entonces infectado; para poder admirar a quien tiene la firmeza de curar, de ayudar; de ser alivio y ser amor para quien sufre enfermedad. Es decir, los acontecimientos de la mortandad de la peste negra se narran con una velocidad extraordinaria, extrañamente precisa. Lo que parecieran recovecos en la historia son para mí, un mar de letras y de duelo; una bella iluminación a lo que pudo haber ocurrido. Magnánimo vaivén poético, Murguía agrega a esta novela de diluvio; novela que nos lleva a una forma de vivir, una manera de mirar; de tocar y sentir lo que desde 1348 sacudió a partes de Europa. Pertinente será explicar que Verónica sitúa la novela en el 1350, dos años después. Con semejante acontecer, no se intuye otra atmósfera; ni más gris y putrefacta, ni más olorosa y abominable, que bajo ese velo en el que Murguía nos descubre cada hermoso rincón, cada redondo seno y falda levantada por el casanova; cada golpeteo de piedras en el camino y cada carne fétida al paso del enterrador y en cada labio reventado por la fiebre. Una ciudad diezmada y sus apestados; un Avignon que ennegrece por el virus. El planeta colapsa y la peste sigue avanzando invisible de cuerpo en cuerpo, de casa en casa; hay miedo y alterada fe para el comienzo de una nueva era; hay peregrinaje de exilio. Pero ante la desgarradura del ser, hay resistencia, esa rosa de luz en los corazones de las personas, esa flor de vida en el espíritu de los sobrevivientes.
       Aún así, los más grotescos abusos, las más bajas humillaciones, la idiosincrasia parisina. El ojo vigilante del mendigo que tiene hambre y le faltan piernas. Ni más ni menos que Verónica Murguía retrata con celeridad y nitidez, los sucios callejones; el bosque mágico e inabarcable del medievo francés con aquella carbonera como un ojo de fuego a punto de extinguirse, observando hacia el alba por si alguien viene y nos podrá salvar. Carbonera trémula que alumbra el cuerpo afiebrado con horrendas bubas de Jacques.

Foto por Julio Bravo.


 Sabemos de inmediato y con crueldad que los barcos cargaban con la muerte, que los jóvenes y los niños mueren en mayor cantidad que los viejos y que muchos otros quedaron vivos lamentándose; algunos más, han aprovechado para saquear y burlarse de las doncellas; comerciantes que desean a la posadera y confiesan el delito. Comida y ropajes e instrumentos adornan con sutileza y dan veracidad fúnebre al París de aquel suceso creído apocalíptico. Pródiga paleta, la de Verónica Murguía para además contarnos lo ruin de la existencia, cuando ante la desgracia ambiental el canalla, el asesino, el rufián que vende mantas y amaga con cuchillo… nunca se detiene para joder al vivo, para acorralarlo. Estamos ahí, dentro de la novela, en su interior de abismo; estamos en la posada con el peso del insomnio; tocándonos por todas las partes del cuerpo y de la piel, para no encontrarnos una serie de abscesos, mientras nos revolcamos de pavor en la yacija, mirándonos a cada uno como portadores de la peste.
       Así, con un toque artístico y refinado, Verónica Murguía utiliza su propio texto como un lienzo, como un cofre de purezas e imperfecciones de la humanidad. Un libro para saber que somos solo eso… vida y nada más.

Nada en la novela cuesta imaginárselo, puesto que uno ve amanecer en cada página, y en cada una de las murallas del reino. Amanece y anochece entre los caminos viles de parajes donde el enamorado y el criminal logran su cometido; entre los sitios de los curtidores y en los monasterios, las víctimas de la peste bubónica hieden y agonizan. Ahí mismo se está, como un testigo textual transportado; nosotros los lectores, las lectoras, sentados frente a la luz de la candela, en el instante en que el prior carmelita Jean de Venette nos abre su corazón y su mente a través de una plegaria escrita; para dejar una crónica del paso de la muerte. En medio de las visiones, en el cielo lucífugo, el prior, ha interpretado un suceso astronómico como una posible justificación del anticristo por la cual la humanidad ha recibido el castigo de la peste. Por culpa de un París en constante pecado.
       El cuarto jinete es un libro de claridad y cosa negra. Murguía sabe darle luminosidad, relieve y plasticidad. De la misma forma, con esa paleta de tonalidades de esperanza, pone espeso claroscuro. Pintora con palabras, escribe con amargos colores y alcanza actualidad hasta calar en el espejo de lo que somos, de lo que fuimos y seguimos siendo. Prueba de supervivencia e ingenio para la humanidad de nuevas y antiguas enfermedades, de viejas y parecidas costumbres cuando la tierra y los seres son expuestos a situaciones de riesgo; mismas que están por un lado, no sujetas a un inmediato reconocimiento de obtener la cura. De advertir el origen del contagio. Por otro rumbo, las mismas situaciones siempre esperan la especulación maliciosa de encontrar al otro como enemigo: áspero rival al que se utiliza para culpar y creer que todo ha sido por su mano. Los judíos, los flagelistas, los pecadores, los devotos, los miserables, los ingleses. Criminalizar, ofender; discriminar al otro, a la otra, ha sido un recurso para que hombres y mujeres no acepten los errores y la realidad del comportamiento de una sociedad decadente y atroz.
       El libro, la lectura; la obra maestra en sí que publica Verónica se convierte en reflejo del hoy, mirada crítica del ayer. Retrato similar al que encarnamos en plena pandemia de Covid en este existir 2022.

Urge decir que El cuarto jinete es poesía pura, orgullo de nunca mermar la historia con metáforas y logradísimos versos que de estar fuera del contenido coherente de la prosa, ¡créanme!, serían parte de un libro perfecto de poesía.
       Los trazos, esa manera de escribir con pincel, en Verónica Murguía adquieren contorno de inmersión en el paisaje de la proliferación de la peste negra. Vemos los cadáveres lanzados a las murallas de Caffa; allá vemos la pus abultada en las ingles de Jacques. La negruzca sangre como significados inocuos del terrible contagio. Acá, en el cuadro de 236 páginas de Murguía, observamos a los médicos, a los estudiantes identificar los síntomas y padecer esa maldición de conocer el proceso degenerativo de la enfermedad. Síntomas aquellos que uno detrás de otro anulan la vida del apestado. Aún así, quienes exponen su salud para ayudar y dar alivio o por lo menos una muerte menos desgarradora al contagiado, son ellos, quienes practican una forma del amor, una figura de respeto para entregarse al otro, para honrar a la otra; para entregarse al moribundo con caridad humana.
       Qué hay de la forma y el fondo; esmero en el que El cuarto jinete hace sensibles los momentos en que la peste se presenta en el cuerpo del personaje contagiado; estampa perversa donde se mira la axila y esa pústula maligna como signo inevitable de la pronta muerte. Novela con coro de voces, cada una nos cuenta su dolor, cada una su perspectiva de la epidemia. Novela repleta de ojos y de bocas; ojos de pintura, ojos de pintora escritora tiene Verónica que utiliza de manera brillante para contarnos un suceso visto por los ojos de otro ojo, por otras bocas se narra un mismo episodio... Es importante destacar cómo Verónica Murguía lanza dardos como máximas que ponen profundidad y revelación en la novela, tal como esta línea, nos lo muestra... todo lo revela en una pesadilla: Todos somos iguales ante la enfermedad.

martes, 15 de octubre de 2019

Después del incendio de los libros.

Catedral y Feria del libro del Zócalo.
Texto y fotografía por Julio Bravo.

La de FERIAS; la de LIBROS. La que aparece en éste lado del escrito. Como cruzar la Luna a través de un rayo y montado en su cresta hacemos hueco y pasadizo. Escribir es tragarse el eco taladrando la roca; ladrando a esa noche espectral de páginas blancas con mancha de texto, para encontrar el lugar donde las letras se sitúen como el significado de nuestra existencia.

Redondillas de sor Juana Inés, un mini libro editado por María Amor de Librosamplaedos.

Así, en aquel lugar Uno y el Otro se rebuscan entre libros, se complacen locos de mirar la puesta de títulos y portadas, entre mesas y repisas; porque también apostar por la lectura es SIEMPRE una apuesta por el Rock and Roll. Es un desacato contra la ignorancia; una pugna que no recule, que sí, implosiona. Pues leer ya se gritó y se escribió en aerosoles en los muros como una mentira: leer es para burgueses. Sin embargo, afuera, en la periferia que da cuadratura a la plancha de carpas de La feria del libro del Zócalo, no se ven ni limusinas esperando a algún ricachón pendenciero comprar una docena de ejemplares de las obras completas de Voltaire, ni siquiera alguna fifí que con desfachatez, pretenda ir contoneando las caderas con un par de bolsas en cada brazo distinguiendo la insignia de alguna editorial de precios elevados… Entonces aquella máxima de aullido que pego fuego a la librería no es más que anarquismo de propaganda mediocre, de cerebros torpes con ideales consumidos; escándalo de encapuchados que quizá no conozcan las ideas de Gajo Petrovic´, y ni por mera curiosidad leyeron las obras de Revueltas.

Siglo XXI editores.
Leer, es un orgullo de los despojados del alma y nada tiene que ver con un privilegio de los ricos. Leer para los deseosos de la excelsitud del espíritu, deviene de la proeza de llamar caro a la humildad de conocer; de saber si la materia y psique que es nuestros corpus, tenga o no, otros límites además de entre los sociales, económicos y religiosos que cosas MÁS arcanas y visibles condicionan nuestro vivir día a día.

Novedad de Ediciones Periféricas éste 2019.

No se confunda apreciable lector, bella lectora. Todos quienes forman parte del mundo de la edición y venta de libros, son personas a la par de los héroes. Su empresa es egregia, cautelosa y para nada petulante. Su trabajo es silencioso y detrás de las cámaras, en ocasiones resulta despreciable, para los que no conocen ni un gramo el arte de maquetar una obra. Las pláticas que hay que entroncar con un autor de inmensurable prestigio para publicar bajo un sello apenas reconocido. Las miles de veces de salir con el optimismo de quien toma terapia de empoderamiento, y llegar a la presentación con poco menos que una veintena de libros, para sólo vender cinco ejemplares del autor que toda una noche práctico con antelación su firma y su sonrisa.

Impedimenta y Pepitas de calabaza desde la distribución de Sexto piso.
Aun así, nada se compara a la sensación exquisita de recomendar un libro que se ha leído hasta cerrar su tapa, a ese otro hermano que es lector final. Nada se reduce, cuando con todo empeño la hazaña de llenar las estanterías con los autores clásicos y contemporáneos va teniendo resultado al evocar la frase mágica de “me lo llevo”. Hagamos justicia al abrir las hojas y leamos, no suceda en nuestra piel y consciencia configurar una coraza para impedir que el pensamiento de una poeta, de un filósofo nos trastoque por completo. Hallar la amistad entre los cuentos, descubrir el amor en una novela; respirar lo fecundo en un ensayo, dispóngase la lectura como un ejercicio de atletas.

Ediciones Simiente incorpora a su catálogo al escritor Mario Bellatin.

miércoles, 20 de marzo de 2019

Domingo de jazz y carne asada.

Con la mirada puesta en el infinito de los asistentes. Foto Julio Bravo.

CENART Jazz 

Julio Bravo

Todo comienzo es una impronta de la dificultad; de preparar un esquema ajustable a los parangones del inicio. Es decir, del “buen comenzar”, sí: las primeras líneas son la punta de lanza para flechar al lector, lectora o híbrido que ande husmeando tras las letras de la Pantera.


Esa complicidad de la mirada, para prevenir un cambio de ritmo. Foto Julio Bravo.

Pues sin más, abordamos con pasos ligeros hacia el Centro Nacional de las Artes. Primero cruzamos el hoyo citadino para colocarnos del lado norte de Tlalpan, e ir a la inversa de los automóviles. Cantos de pájaro en un día de sol, tan amarillo y caluroso, que sólo por la ráfaga fresca de esa tarde, uno no deseaba estar en la alberca con una tizana fría. Sin embargo, frenamos el camino, debido a la sed; a las ganas tantas de hacerse a la sombra, de un abedul, un ciprés, por lo menos de un arbusto frondoso. Así, sentamos las piernas y el espíritu reposo, bebimos agua de limón y reíamos alternando bromas, comentarios en un discurso absurdo del estar quieto por un rato. Levantamos la corporalidad toda y devueltos a la marcha, hacia los edificios naranjas y morados, perseguimos la ruta de los olores y en un abrir y cerrar de ventanas oculares; estábamos apoltronados, utilizando de abanico la carta del restaurante, éste lugar era, nada majestuoso y sí con un toque de espacio encantador, es decir, se mostraba regio, como si lo hubieran cortado de tajo desde Monterrey y puesto aquí: como una vulgar copia y pega… aun así, la comida que solicitamos llego rápido: frijoles charros humeantes, carne asada con papas y un molcajete de pollo con queso fundido…, tortillas hechas a mano. Tan pronto como este relato, las barrigas se inflaron junto con la pereza que provoca el terminar de comer. Entonces el que sigue la lectura, se preguntará, ¿cuándo aparece el jazz?

Técnica de golpe y movimiento de muñeca en la batería. Foto Julio Bravo.

Aquí, a bote pronto, dándole vuelta a la siguiente esquina, se descifra un alto monolito robusto con ventanas como cajas donde podrían guardarse botones, hilos… galletas y broches para adornar la vieja chamarra de cuero que usábamos cuando adolescentes; pretendiendo demostrar que había rebeldía sobre las espaldas, de frente en el pecho, para confrontar al mundo con los ideales negros de piel y cierre en plata.

Las esferas creando sonidos desde el alma del instrumentista. Foto Julio Bravo.

Y un verde deslumbrante nos recibió, filas de caminantes escuchando ya, la sonoridad de los instrumentos, saltos de emoción pues la vibra de los músicos contagiaba de inmediato para bailar, para mover la cabeza al ritmo desafiante de cuatro hombres con sus cuatro instrumentos: Hi5 minimal jazz chamber music, es un cuarteto austriaco que combina la música de cámara con un jazz minimalista; esto se entiende sólo poniendo atención en la ejecución de cada instrumental que interpretan. Son sin lugar a dudas, “músicos atmosféricos”, crean a base de repeticiones y enlaces de armonía un sonido singular, que entregan al público como una fuente de sensaciones inagotable, son también efímeros, pues acostumbrados, los oyentes del jazz a instrumentales de larga duración, los chicos de Hi5… prefieren ser breves y bien construidos para conseguir una música que mantenga la lógica de los páramos sonoros que edifican con la guitarra, el bajo, la batería y la marimba, esta última de uso raro en este tipo de agrupaciones jazzísticas. Contentos con la aprobación de la gente que visitó el césped del CENART, tocaron al final dos piezas más, se les miraba frescos, re encontrados con su propio arte, como si aquello que sucedía entre las cinco y seis de una tarde de domingo, fuera el desafió de verse por vez primera en el escenario. Fugaz y entretenido fue el concierto de la banda Hi5… que desde Austria llegaron a tocar en México.


viernes, 8 de febrero de 2019

Las escritoras malditas de la literatura universal.

Evaporadas, la obra más reciente de la escritora Eve Gil. Foto por Julio Bravo.


Difuminarse en presente 


Julio Bravo 



Cuando se comienza a escribir, ¿qué proceso alquímico se suscita en el alma y el cuerpo? Quiero pensar así, en los estados alterados de la materia y el ser como métodos de transformación. Es decir, si yo deseo convertir en humo lírico el inicio de mi escrito, a qué voluntad calórica debo precipitar mi pluma. 

¡He, aquí!, que los elementos aparecen (CALOR) brasas del fuego interno inician la escritura.

Nunca ha sido mi estilo comenzar por desgranar la palabra desde su etimología; eso sucede porque yo carezco de tan preciosa virtud. Prefiero, tal gusto, dejar que sea pulcra tarea de filólogos; puesto que en mí, me parece hipocresía hacer creer al lector que tengo pleno conocimiento de las raíces lingüísticas de cada vocablo. Desde luego, para esta entrega textual sí pretendo, ahondar un poco, en el término que utiliza la escritora sonorense Eve Gil en su libro: Evaporadas las chicas malas de la literatura

Evaporar: procede del latín, evaporaré. Para una sentencia práctica esto significa, convertir en vapor un líquido. De la misma forma, podemos incluir en la interpretación; desvanecer, fugarse y todo aquel concepto de volátil. Sin perder ruta, me encantaría añadir que en mi búsqueda por desentrañar la palabra, y por supuesto, ¿cuál es el vínculo con el que la autora nombra su libro? La sorpresa no se hace esperar.

Eve Gil, hace un retrato íntimo de cada una de las autoras. Foto por Julio Bravo.


Por conocimiento del Diccionario de la lengua española en su vigésima segunda edición 2001, al consultar la palabra vapor, nos encontramos con lo ya repetido antes; éste se representa como un fluido gaseoso que contiene temperatura. Es ahí, donde sucede lo invisible-maravilloso, lo que es igual a dilucidar aquella irradiación de calor que surge cuando se desborda el brío por escribir. 

Ahora bien, lo curioso se empecina por propagar la llama y así los vapores del entendimiento suben y hacen visible la fumarola. Dentro del mismo diccionario, nos apunta que, en Cuba, el vapor es explicado como un sentimiento de cólera, enfado, irritación. Quedémonos entonces, con esta idea del ofuscamiento, así entrelazaremos mi diagnóstico de la lectura de los ensayos biográficos sobre escritoras de Eve Gil. 

Agreguemos, para mayor profundidad literaria que en un último referente, el diccionario nos comenta que la visión de la antigüedad de los vapores devenía a provocar en la humanidad accesos histéricos e hipocondríacos. Es aquí, donde se tiende el puente entre la lectura y las ideas. Mucho de lo que Eve Gil revela de la vida y obra de las escritoras malditas, como yo las llamo, procede de éste concepto de evaporación (quizá sólo sea mi percepción instantánea), y es verdad, hay un místico encanto que me provoca dicha expresión. Puesto que podemos formular varias hipótesis, en torno a ello (evaporadas). En un primer atisbo, tenemos que la mayoría de las escritoras deseaban eso; sentirse disueltas en la literatura, ya sea porque no confiaran en su labor literaria, ya porque se sintieran minimizadas, ya por complejos y decepciones propias de la vida. Otro análisis sugerente, está emparentado con el del ardor que evaporiza; unas cuantas escritoras sentían el entusiasmo de ir en contra de la normativa social, incluso, aquel humo de su hoguera era ir a contra corriente de sí mismas. Uno más y en el que valdría hacer un paréntesis exclusivo, porque se presta para hacer un hermoso juego de letras, es que son EVA-PORADAS, lo que queda ilustrado como las Evas que han tomado la escritura universal con una voz de mujer para romper el canon literario del machismo y evanescerse como una estrategia dentro del mundo de la literatura confeccionada por hombres. Cito a la autora:

Lo que las emparenta a todas, sin excepción, es su condición “bovaresca”; la necesidad de evadirse a través de la escritura y la literatura… (…el acto supremo de la rebeldía: la inmolación). 

La autora sonorense Eve Gil. Foto cortesía de la escritora.


En estas palabras de Eve Gil, no sólo se configura una pista a seguir, y el terreno se allana para una comodidad comprensiva; semejante hallazgo aumenta el valor de la fuerza literaria de cada una de las autoras. Vamos a servirnos de los calores en ebullición de la creatividad y subrayemos dos palabras, evadirse e inmolación, son estas los referentes más clarificados en los que la palabra evaporadas tiene su máxima indagación. Porque no, acudir a otra imagen de una de las poetas más significativas de nuestra literatura nacional: 


salgan signos a la boca 

de lo que el corazón arde, 

que nadie creerá el incendio 

si el humo no da señales. 


Esta angelical voz de sor Juana Inés de la Cruz, es un coqueteo como una prístina llave que abre todos los cerrojos del enigma. En las alturas de la poesía de sor Juana este carácter rebelde es similar al de las escritoras malditas, pues si la combustión interna no se propaga fuera de sí, poco interés suscitara el fuego. Pocos creerán que hay un incendio intrínseco que no sólo desea propagarse inmisericorde, sino que, pretende intensificar para ser presenciado por los ojos del mundo. 

Después de que brasas y hoguera dejen de irradiar las condiciones flamígeras de la insurrección textual. Hagamos sitio, para otro rojo sueño incandescente que se suscita como un personaje más, y éste es, sin más ni menos, que nuestro país. Cómo y de qué manera, nuestra tierra rebelde y encarecida por sus bellezas naturales se convierte para unos, en la ilusión máxima de vida. Algunas autoras que Eve Gil describe con temperamento de cuentista, encontraron en México un lugar para bien morir; hallaron un cómplice, aquel páramo único, donde ellas, autoras excelentes, depositaron su alma para crear, para sentirse libres o, por lo menos, para olvidar la mortificación que día a día desgastaba la substancia de vivir reprimiendo la autenticidad de ser uno misma. 

Un lazo secreto se pondera en un punto geográfico, lo magnifica. Así lo que en literatura conocemos como atmósfera narrativa, se convierte en un personaje principal y tan vital, que por más que potencias como Estados Unidos de Norteamérica y xenófobos mundiales, intenten vez con vez, evaporar a México y toda América latina, jamás lo van a lograr. Las escritoras, humanas y sensibles; bipolares y adictas; tan echas de carne como cualquiera de nosotros. Provocan en mí satisfacción, y ahora, en quien el impulso lo invite a leer la obra de Eve Gil, sentirá orgullo por nuestra amada patria tricolor. Y una dicha benévola por descubrir autoras que en su momento fueron ocultadas de la literatura por el hombre.

lunes, 29 de octubre de 2018

La existencia de un único Creador, o la falacia existencial.

Representación de Cristo y libro de Frédéric Lenoir. Foto Julio Bravo.




En ti, en mí y en todas las cosas 


Julio Bravo 


En un principio mi voz se había ceñido a alta mar; fuego volcánico brotaba con estoicismo para después convertirse en brea, para más tarde ser roca amorfa de afilados picos. Con vehemencia de eco alcancé bosques, montañas vibraron y de ríos y cascadas esta lengua mía fue auscultando la savia. Visité murallas construidas por manos de hombre; decodifiqué símbolos animales en la piedra; dormité junto a bestias legendarias que cuidaron mi sueño. De las divinas mujeres, estudié, a su lado, hombro con hombro los arcanos de la tierra. 



El habla, emergente de mí, jamás disipó su ruido existencial; cruzó los dolores del mundo: heridas que son el éxtasis de la resurrección. No callé, y sí, a cambio, no pude dudar que en mi SER se cosecha una palabra pocas veces escuchada. Pocas veces su exorcismo liberó los corazones más maniatados por el pecado original.

Filósofo y escritor francés Fédéric Lenoir. Foto Julio Bravo.

Alguna vez escuché, leí; quizá Jesucristo mismo descendió del madero en cruz y me habló en una parábola onírica: “No busques al Padre en el templo, ni si quiera a mí, su Hijo.” 

Entendí que para encontrar al Creador bastaba con hallarlo debajo del granito; sentir su inmensidad y mirarlo en la fisonomía del árbol. El Señor: Padre-Hijo-Espíritu santo, está en permanente esencia en todo lugar y en cada una de las cosas creadas. 

Acudí al recinto de profundos pasillos lacados con oro. El catolicismo en una iglesia de mi tierra de venado y serpiente. Acá, en la parroquia de la excelsa patrona de los tuberculosos, justo en la mitad, entre santos y vírgenes, Jesús rodeado de querubes; flagelación, sangre, penitencia entorno a las nubes de la cúpula me circundaban y pensé... Estuve ahí, en silencio, para recibir la Gloria, la protección con los labios rezando de manera taciturna; con ojos herméticos se elaboró una plegaria de armonía.

Dios, libro editado por editorial Kairós. Foto Julio Bravo.

Comenzaré así. Esperando que la formula inicial desemboque en ésta rogativa; transformada en prosa y testimonio intrínseco. Respondo silente en mis entrañas, ¿no será caso, el rechazo, la tesis que aquí sospecho? Es decir, la mayoría de quienes aceptan ser ateos; prolongan su creencia en que DIOS no existe, pregonan también, que de manera histórica los personajes y relatos de la Biblia no cuentan con veracidad documentada y arqueológica. 



Desde luego, tal decisión profunda; consciente o no, alberga en ella, una determinación iniciática; puede proceder de tantas formas invariables en cada uno de los individuos que atestiguan su ateísmo. Quizá la desazón de la existencia, el gigantesco repudio por el mutismo celestial, y esa carencia de encontrase fuera del reino de los cielos y no poder acceder a la realidad sagrada de un Dios sin presencia física e incomprensiblemente visible en todas las maravillas del Universo es, en última instancia, el factor que produce la negación de una divinidad única y creadora del todo. 



Aquí, aparece entonces, lo que explica Frédéric Lenoir en su libro Dios; un estudio serio y desapasionado que le llevó tres décadas de investigación y análisis. Él, lo llama la inmanencia divina y así lo expresa: Dios o lo divino está presente en el interior de mí, en el interior de mi corazón, pero también en el interior del mundo. Más adelante el filósofo y escritor francés apunta que las religiones monoteístas, para no crear un conflicto mayor dentro de la concepción divina entre hombre-Dios-naturaleza, optan por mantener el equilibrio en dos latitudes hermanadas, entre trascendencia e inmanencia, aseverando: Dios es el “Por completo otro” al que se adora, al que se venera y al que se teme. Pero, al mismo tiempo, está presente en todas las cosas y se encuentra en nuestro corazón


La fe, la religiosidad; acudamos a cuestionar con cierto resquemor por aquellos acólitos: representantes legales en quienes práctica y doctrina se fundamenta la institución eclesiástica. Son ellos, sin duda alguna, sus mayores detractores internos, es decir, como verdaderos fanáticos cosechan apatía e infortunio en los creyentes y, para muestra, el odio a todo aquel que no se santifique ante las sagradas escrituras (Biblia), odio a todo aquel que no acuda a la misa y otorgue el diezmo. La pedofilía; la justificación de guerras, de castigos a pecadores, de penalidades santas a no conversos en nombre de Dios como el tópico más común, son mayoritariamente, las grandes lesiones que han suscitado un estado de aversión del ser humano para con Dios, para con su potestad. 

Esto y más son los tumores que han provocado en este nuevo siglo un extendido ateísmo radical. Es aquí, donde encontramos el atajo para profundizar en nuestra tesis, en la existencia real o ficticia de una deidad todo poderoso y creadora. Frédéric Lenoir cierra su prefacio con una apertura introspectiva para la reflexión en cada uno de los que hacemos la humanidad: Aunque el libro no tenga como objetivo defender o criticar la existencia de Dios, doy cuenta… mi personal sentimiento sobre esta cuestión que se me plantea también íntimamente, como a cada uno de nosotros.

Religión, espiritualidad, un ensayo que va más allá de la moral y fe. Foto Julio Bravo.


En el libro Dios de Frédéric Lenoir, apenas nos va introduciendo al texto, el autor y especialista en religiones universales, arroja un dato interesante que aborda sin darle tanto relieve. Explica con síntesis impecable que durante la evolución de las religiones, cuando todavía se adoraba a varios dioses en distintas regiones del mundo y en Egipto, el faraón renombrado Akenatón establece su reinado entre el año 1353-1336 a. C: Durante este periodo cambia la religión del pueblo egipcio a un dios único; si deseamos abrir un paréntesis a reserva de escépticos, tenemos que durante el abandono del politeísmo en las costumbres y tradiciones egipcias… Akenatón formó una nueva escuela de misterios instruida en La ley de Uno; secta cultivada en su mayoría por mujeres que dedicaban su estudio a descifrar, aprender y versar en torno a la geometría sagrada como la verdad y sabiduría de todo lo existente en la tierra. 

Mención de extremada cautela merece la constatación de dicha escuela esotérica conocida con el nombre de la escuela del Ojo derecho de Horus, puesto que, aún sin datos fidedignos; estudiosos y demás eruditos del tema como Drunvalo Melchizedek realiza una aserción interesante… dice que la escuela del ojo derecho de Horus preparó la llegado de Cristo y fue, de manera alguna, allanando el camino para la virgen María y José. 

La conclusión a partir de éstas ideas que apenas hemos pintado con nuestra paleta lírica, permite crear un debate de proporciones más amplias e interesantes. Sin embargo, aquí, en este espacio de fugacidad, tendremos que dejar a la brevedad su logro de solidez. 

No pretendemos respaldar en favor de ninguna creencia, cierta o falsa, una postura definitiva. Intentamos dejar a juicio propio cualquier atisbo de religiosidad, ateísmo en cada humano. Lo que es indispensable desmenuzar aquí es, si realmente vale para uno o para otro, la espiritualidad, es decir, algunos peregrinos necesitaran acudir a la comunidad de una iglesia para fortalecer su fe en Dios. Los solitarios sólo precisan de ir a su interior y desgajar en ellos la creencia espiritual.

sábado, 18 de agosto de 2018

Mitos y civilizaciones.

El universo de Sumeria. Foto Julio Bravo.


Desde lejana odisea

Julio Bravo

Sencillo: buscando encontraras, el encuentro es hallazgo; quizá por lo menos desentrañar aquello recóndito. Aún en la simpleza de descubrir para obtener evidencias, conocer el mundo y sus complejidades es espinoso, llegar a la verdad junto con sus misterios no es una hoja de papel que se dé la vuelta para seguir averiguando. La sencillez es la decisión irrefutable de esclarecer el arcano.
          Largo ya es lo acaecido durante millones de años en el transcurso del hombre y mujer en este girar de ciclos en la tierra. Poco o mucho se sabe desde el primer día de los tiempos. Hoy, siguen brotando del subsuelo restos, ruinas; artefactos de quienes un día habitaron el planeta.


El autor Zecharia Sitchin una figura de contrastes. Foto Julio Bravo.

La información de la historia universal tiene su propio movimiento; cambia de dirección mediante las distintas interpretaciones de los estudiosos, trueca su destino porque nuevos documentos salen a la luz y entonces hay que reescribir su continuidad. Es decir, se mueve entre traducción, conocimiento general y la propia aproximación del investigador que trata de revelar su secreto. En tiempos modernos existe una actitud incrédula, cuasi innata, puesto que acceder a la esencia más pura de lo ¿qué somos? y ¿de dónde hemos llegado? procede de la dificultad de creencias, de datos y fuentes que de un momento a otro dejan de tener credibilidad.
          Zecharia Sitchin es el hombre, científico, historiador, periodista, traductor; los motes serán invariables para describir a uno de los autores que promovió el creacionismo alienígena o, más conocida como teoría de los antiguos astronautas. Lo único real sobre Zecharia Sitchin es su obra en torno a la civilización Sumeria; escribió muchos textos, su vida fue puesta al servicio de indagar en los supuestos dioses llamados Anunnaki, afirmaba a éstos como los verdaderos seres extra-terrestres, quienes vinieron a nuestro planeta azul por oro, para llevarlo a su mundo Nibiru y poder así, ayudar a que su atmósfera tuviera un equilibrio climático.
          Dioses astronautas, transformadores por medio de ingeniería genética del homínido en Homo sapiens. Aquí nada es y todo sí, debemos ahora, trajinar con pies de plomo. Ésta figura de charlatán a sabio puede suceder de una pisada a otra. Si nos recogemos en la evolución humana, el testimonio es el arma. El mito y el testamento son las fuentes ineludibles de lo que alguna vez fue cierto; estos usos y costumbres de la pre historia podemos referenciarlos como: textos ancestrales, pinturas rupestres, tallados escultóricos en piedra, todos ellos, constituyen un contenido casi fidedigno que en su interior guardan los relatos, las claves; documentos narrativos simbólicos que a través de su codificación representan un suceso histórico real.



Uno de los infinitos libros que hoy en día se descubren. Foto Julio Bravo.
Ingresar a la región de la mitología, de las leyendas y cosmogonía de culturas antepasadas es primordial; la mayor de las  veces, éstas supuestas ficciones arcaicas confieren una comprensión que estriba en las lindes de la realidad. Quién no conoce la prístina batalla de Troya donde Aquileo demostró ser el guerrero más temible de los aqueos. Homero, sería el autor que legó para la posteridad la historia de la Ilíada. La mismísima Biblia, sagrada para sus creyentes, es el resultado de una serie de escritos reunidos de pueblos añejos que se condensan en uno solo. La epopeya de Gilgamesh es un poema de portentosa calidad artística; allí se nos cuenta sobre este rey-héroe similar al Hércules griego, el texto de Gilgamesh está relacionado con las tablillas de arcilla sumerias encontradas en la ciudad asiria de Nínive, actualmente Irak, y en aquellos relatos de milenios pasados el narrador nos habla sobre los primeros moradores de la tierra, sobre el diluvio y demás situaciones que parece ahora, fueron recogidas para re interpretarlas con otros nombres en otras civilizaciones.
          Asimilando las perspectivas aquí expuestas, se vuelve claro percibir una especie de fusión en las crónicas vetustas, es decir, si volvemos la mirada a La epopeya de Gilgamesh, la similitud es cuestión sólo de conjeturar, comparar un argumento con otro, así hallaremos el paralelismo. Ahora bien, vayamos al evento del diluvio, la versión Sumeria dice: Utnapishtim dijo a él, a Gilagamesh: Te revelaré Gilgamesh una materia oculta y un secreto de los dioses te diré: Suruppak [ciudad que tú conoces... en las riberas del Éufrates], los dioses en su interior... impulsaron a los grandes dioses a suscitar el diluvio. Siguiendo el texto, a Gilgamesh le es confesado por Utnapishtim que los siguientes dioses Anunnaki en asamblea exhortaron a Utnapishtim lo siguiente: ¡Demuele esta casa, construye una nave! ¡Desiste de bienes y mantén el alma viva! A bordo de la nave lleva la simiente de todas las cosas vivas. El barco que construirás, sus dimensiones habrá que medir. No hay más que atestiguar éste relato y confrontar con el suceso bíblico en el que Dios padre todo poderoso, encomienda a Noé erigir una barca y meter ahí a todos, hombres y animales para preservar la vida y a su pueblo.
          En el El libro perdido de Enki del escritor Zecharia Sitchin, el autor y erudito en lenguas pretéritas, traduce el relato autobiográfico de un dios sumerio, Enki hijo de Anu, el cual pide al escriba Endubsar deje escrito en tablillas la historia que durante cuarenta días y cuarenta noches Enki va a relatar.
          Vamos, si nuestro escepticismo es aún amplio, seguirá siendo la constante que impida creer su veracidad. Entonces, supongamos encontrar la analogía, en lo que ya hemos apuntado, las relaciones entre textos sumerio y hebreo, para poder entender la lectura que Sitchin interpreta de Enki. Ahora bien, Enki se nos vuelve el Dios omnipresente y dador de toda vida en nuestro planeta tierra, por consiguiente Endubsar, el elegido para plasmar en tablillas la información de Enki/Dios, sería en términos representativos Moisés del antiguo testamento. Sin más detalles, estas contraposiciones nos acercan a la verosimilitud. 
         Alejado de concretar la obra de Sitchin como un descubrimiento histórico que podría cambiar la manera de entender nuestra humanidad. Pensemos en la lectura de su libro como otra forma de narrar la creación; un mito alejado de la ortodoxia cristiana o católica. Gocemos el texto de Zecharia despegándonos del puritanismo y, disfrutemos de El libro perdido de Enki como un relato más que demuestra la capacidad de las antiguas culturas para crear memoria.    

Una epopeya más de las antiguas civilizaciones. Foto Julio Bravo.
                         

viernes, 3 de agosto de 2018

El reggae y el ídolo, una música que canta revolución.

Marlon James escritor de Jamaica. Foto por Julio Bravo.


Libro incautado
Julio Bravo

El corazón de la mañana abre su cáscara como portales de la felicidad. Tengo un alma ardiente (viejo fogón de barro donde se cocina el cariño por el Sol), asumo entonces, en mí, un espíritu de llamarada creciente y he de admirar los días en que el astro rey solar lo embellece todo.
          Sin embargo, esa luz diáfana queda allí, puesto que una vez que se ha tomado el libro, éste te atrapa por el cuello y... en ese espacio una garganta degollada hace trescientos años y una muerte en la cuna de hace dos minutos son lo mismo... Aquí,  Marlon James con estas palabras nos tuerce y mi amor por la playa y el mar, es volcado para apretujar las entrañas. Sí, aquel paraíso de nubes y palmeras con brisa marina nos va despellejando en el interior. Su libro Breve historia de siete asesinatos es una lectura que logra bajarnos la guardia, apunta con arma cargada y pone en dilema la vida.


Un texto de voces variables. Foto por Julio Bravo.


El tiempo, la muerte de un sopetón;  llegan, anidan en una especie de escozor y nerviosismo que la piel no deja de sentir con tal agudeza en este día brillante para al segundo siguiente oscurecer. Ahora escribo inseguro, con esas palabras  que remueven la certeza de vivir como una fatalidad de la existencia. Los vivos esperan a ver qué pasa porque se engañan a sí mismos creyendo que tienen tiempo. Los muertos ven que pasa y luego aguardan.
          Jamaica en tinta negra sobre blanco; la historia de un pueblo que padece la violencia, la pobreza y el hambre... Setecientas noventa y dos páginas cantan la fúnebre leyenda del intento de asesinato a Bob Marley y, aquella época de pandillas, de corrupción política en la isla más famosa por tener al rey del reggae y el uso constante de la mariguana. Este texto de Marlon James no sólo personifica los males de un país plagado de mafia y desigualdades sociales, no, también es un discurso alejado de celebrar la paz paradisiaca de sus atributos naturales y a su misma vez contempla con ojos recientes el uso desmedido de las drogas. Testimonio que petrifica y abunda en cómo una sociedad constreñida, solventa reformar su identidad en los estragos del bajo fondo de sus calles.
          Ya podemos entrar en materia de barrio, y es ahí donde yace el ánima más poderosa de la isla que es la música; su cultura moderna que proviene desde el Ska hasta el Reggae, así, se redactan los más años sangrientos de Jamaica.


Lecturas que sobrepasan expectativas. Foto por Julio Bravo.

Marlon James ganó el premio booker 2015 con esta novela donde desprende una prosa verbal de variabilidad majestuosa. Cuenta ahí, los vicios, las virtudes de los hijos caribeños de la América insular. No se trata del libreto de una cinta de cine, sin embargo, el traqueteo textual de la metralla de James rasga ese edén de montañas verdes como si saliera en tercera dimensión de la pantalla. El lugar cálido y húmedo es propenso para la muerte de otro soñador que desea la libertad y ser feliz en su tierra.
          Callejones y espesa selva donde crece la hierba sagrada del creador; humo alegre se alza, corre de boca en boca, de mano en mano quemándose y adentro del que fuma es catapultado a la visión de los dioses. Música del gueto inspira la calada profunda enrojeciendo los corazones aprisionados por el odio; por quedar fuera de sí en un territorio menospreciado que desde la temprana infancia le ordenaron llamar casa. Los delincuentes son los niños perdidos de la comunidad, los criminales son los jóvenes del histórico sitio de Kingston y sus alrededores. Separados de un terruño que debería gestionar las posibilidades vitales y económicas, su hogar sólo ofrece el crimen, defunción su ciudad. Nos dedicamos a esperar... Matamos por dinero. A veces a un men lo liquidan porque a otro no le ha gustao cómo lo miraba. Y pa matar no hacen falta razones. Esto es el gueto ¡eh! Las razones son pa los ricos. Nosotros tenemos locura.
        Esta realidad aquí ficcionada en Breve historia de siete asesinatos, revela el brutal contra sentido de existir, ya que responde a reglas de un habito oscuro que busca en la sangre, en el poder y el dinero fácil, una respuesta satisfactoria para sentirse vivo. Jamaica región de pandillas, sicarios, políticos sucios, todos ellos comparten el mismo destino, la muerte segura por pistola. Cuerpos de pandilleros que revientan como globos pinchados al recibir cincuenta y seis balazos. Sobre esta atmósfera aterradora, en las líneas de tan increíble libro editado en el sello de Malpaso, con un trabajo de traducción impecable a cargo de Javier Calvo y colaboración de la escritora Wendy Guerra; comenzamos por atisbar las luces y sombras que dominan las acciones, perversiones humanas que germinan en el individuo en sociedad. Muy a pesar de la saña, de la malevolencia con la cual se perfilan los personajes del libro ganador del premio booker, visualizó una tesis que abunda en una posible escapatoria de estos padecimientos criminales en los que los engendros que por razones propias o ajenas deciden transitar en la ruta de la mentira, la estafa y el juego terrible de los matones. Esa vía de fuga es la música; el arte de tomar el instrumento y el canto para excitar el ánima de la raíz de la tierra, de su habitante para ser el propiciador, el liberador de esos sonidos ancestrales que son amor, unión y paz... ...queríamos ir a un estudio y grabar mi tema y cantar hits y usar la música para salir del gueto.     

Un libro sobre música, sociedad y crimen. Foto por Julio Bravo.

Nota: Las letras escritas en cursivas, son fragmentos de la novela de Marlon James, “Breve historia de siete asesinatos”.